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19/09/2008

Actualidad: Crisis, ¿solo económica?

Corren malos tiempos para la economía mundial y los medios de comunicación se vuelcan en advertir de las consecuencias, buscar responsables, señalar culpables y, los menos, proponer remedios y soluciones. Sin embargo, nadie se atreve a enfrentarse a una de las causas más importantes de esta recesión: la pérdida de valores éticos y morales. Y eso es la autopista directa hacia la ruina.

Hay, claro, temas financieros, empresariales y energéticos, que naturalmente no los vamos a abordar aquí. Pero haciendo un símil bursátil, podríamos decir que el odio y el materialismo se cotizan al alza y la rectitud y el temor a Dios a la baja. Hay que poner remedio a eso o la sociedad se precipitará al abismo.

El materialismo llama a la codicia y la codicia, decía el jesuita Juan de Mariana, trae consigo voluntad determinada de hacer el mal. Y quien hace el mal, es porque odia. Y quien odia, es porque desea la virtud o la posesión del odiado. Es un círculo que se retroalimenta y del que resulta imposible escapar, si no es abrazando la fe cristiana católica: la religión es amor y, porque es amor, es poesía (Gustavo Adolfo Bécquer). O, como también señalaba sabiamente el escritor inglés Gilbert Keith Chesterton, en todas las religiones intensas, el pobre es más creyente que el rico. Porque el rico (entendido no como aquél que ha ganado su fortuna de modo honesto sino por la vía deshonesta) siempre ambicionará más, y entrará en el círculo del materialismo. En cambio, quien siente íntimamente la fe, también siente más intensa la vergüenza de tener lo que a los demás les falta.

¿Cuál es el problema?: que los modelos materialistas son los que más se publicitan, los que nuestros jóvenes más ven en los medios de comunicación como referente. Y, entonces, se produce una carrera desesperada por consumir más, por tener lo que el otro tiene, por aparentar lo que no se es para ser igual a la persona envidiada. Un ejemplo claro es la obsesión casi patológica de mucha gente por pasar por los quirófanos para cambiar su aspecto, cuando éste ha sido un regalo inapreciable de Dios (ojo: yo estoy a favor por motivos de salud. Lo demás es puro pecado de vanidad. Si en lugar de mirarse al espejo la gente mirase sus propias almas...). Pero esto lo podríamos hacer extensible a miles de comportamientos que se producen diariamente en nuestra sociedad y que llevan a las peores calamidades (el divorcio o la homosexualidad, entre las más suaves, o el aborto, los demás crímenes y el maltrato entre las peores). Imposible abordarlas aquí y ahora. Ya las iremos desgranando en futuros artículos.

Sé que estoy siendo algo exagerada, queridas amigas, porque sí hay espacios y modelos en nuestra sociedad donde poder respirar aire puro, donde los jóvenes sí tengan buenos referentes con los que modular su personalidad: ¡cuánta diferencia hay entre las casi eucarísticas tertulias televisivas de Curry Valenzuela en TeleMadrid o cualquiera de las mesas donde se sienta Enric Sopena, siempre contaminadas por el odio!.

Seguramente no estaríamos hablando de crisis si todos fuésemos más humildes, más buenos y menos ambiciosos. Si nos conformásemos con lo justamente necesario para vivir. Pero para que este mensaje cale en la sociedad (con el cambio que ello supondría a mejor) hace falta mantener y realzar aquellos que sí son abanderados de las causas justas. Tenemos ejemplos recientes en Gandhi, en Teresa de Calcuta, en Martin Luther King, pero también en Su Santidad Benedicto XVI, en María San Gil, en Esperanza Aguirre, en Ana Rosa Quintana, en... si en su momento hubo un Cristóbal Colón que abrió el camino para que la Palabra de Dios llegara a sociedades incivilizadas, seguro que en nuestras vidas hay otro Cristóbal, bello, hermoso y bueno que nos dé el aire fresco que tanto necesitamos. Solo hay que saber encontrarlo.

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2 comentarios:

Luis dijo...

Felicidades por tan magnífico artículo. Yo quitaría de la lista final a María San Gil, pero tiene gracia.

G.Yared dijo...

Hasta Cristóbal Colón se perdió en su aventura de abrir camino... Más camino abrió Isabel La Católica cuando se subió a la torre más alta y se levantó las faldas para expulsar a los moros con su hedor de no haber conocido jamás un jabón que llevarse a su entrepierna... al grito de: ¡COMEDME EL C...!

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