El proverbio anónimo que dice que Dios se anuncia en nuestro corazón por la voz del arrepentimiento se ha hecho muchas veces realidad, y personas a priori condenadas a las llamas del infierno han logrado reconducirse y alcanzar la gloria en vida para salvar su alma. No olvidemos el ejemplo de María Magdalena, mujer de muy mala vida que, al conocer a nuestro Señor Jesucristo, se transformó en pía y bondadosa, y dos mil años después sigue siendo una mujer respetada y amada. O el de Teodora, ramera que acabó desposándose con el emperador Constantino I el Grande y que, con su firmeza, logró asentar el cristianismo en el imperio romano oriental (gracias a su influencia, por ejemplo, los domingos fueron declarados día de descanso). Hay mujeres -como hombres- que llevan una vida despreciable, incluso abobinable, pero que en algún momento de sus pésimas existencias logran darse cuenta y rectificar. Y entonces sus vidas son un ejemplo y un modelo para los demás. Norma Duval no fue una fulana, claro, pero los ejemplos citados se pueden aplicar a ella. Y es que en su juventud exhibió su cuerpo a la lascivia masculina en cabarets, apareció desnuda en revistas indecentes y protagonizó películas tan despreciables como Los bingueros o Préstame a tu mujer. El destino final de esta barcelonesa parecía claro: el averno. Pero, como le sucedió a María Magdalena o a la emperatriz Teodora, hubo un quiebro en su vida -seguramente espiritual- y la Norma Duval de hoy nada tiene que ver con la de sus desperdiciados años de lozanía. Hoy es una mujer casada que vive su vida con discrección, entregada a lo más importante: su marido y sus hijos. Poco sabemos de su actual y discreta vida, lo que evidencia que es en su refugio hogareño, ejerciendo como esposa y como madre, donde ha encontrado su expiación.
Antes de eso, ya hubo síntomas de cambio. El primero de ellos, cuando se implicó en un proyecto social y político tan cristiano como el que por entonces representaba José María Aznar; el segundo, mucho más importante por lo que de íntimo tenía, fue el renunciar a un marido que se convertía en un inexpugnable obstáculo hacia esa redención.
Y es que, amigas mías, ¿qué es lo que puede hacer una mujer cuando su vida se compromete por culpa de un marido inútil, un vago que no da palo al agua, un desvergonzado que se divierte buscando carne joven por las noches o saliendo en programas televisivos como La isla de los famosos?. ¿Está condenada a ese calvario y a no poder lograr su salvación y la de sus hijos?. ¿Es tolerable cuando su verdadero objetivo es el de ser esposa hacendosa y madre responsable, que quiere evitar la mala influencia a sus hijos?. Y si encima tenemos en cuenta que el marido ni tan solo es español...
No, amigas. Yo voy a ser muy clara y quizás provoque una polémica, pero yo para estos casos estoy a favor del divorcio, ya que la Iglesia no ha encontrado recursos resolutivos y humanistas para situaciones como la que acabo de exponer. La anulación del matrimonio no creo que sea operativa en tanto el matrimonio seguramente se celebró con todo en orden. ¿Pero cómo podía preveerse que el tal Marc Ostarcevic acabaría siendo un lastre no solo para ella sino para la educación de sus hijos? (quienes, por cierto, al parecer no quieren saber nada de él). Me diréis: que se lo hubiera pensado antes o también lo que Dios ha unido que el hombre no lo separe, y a ello os contesto: ¿podía ella intuirlo siquiera?... recordad que María Magdalena y Teodora estuvieron mucho tiempo ciegas por el pecado, hasta que alguien (Jesucristo y Constantino) les abrió los ojos. Y a lo segundo: sí, es la ley de Dios y yo la respeto, pues soy temerosa de Dios, pero también digo que con ella se condena al menos a una generación de hijos al sufrimiento de un hogar no cristiano. ¿Es justo?.
No quiero abrir un debate teológico, no me siento autorizada ni capacitada para ello, pero creo que viendo el resultado, se justifica el medio: hoy los hijos de Norma Duval están al amparo de un padrastro trabajador, modélico, con posibles. Y además español!. Y la propia Norma Duval ha renegado y se ha podido separar de un pasado turbio, vergonzante, para ser ahora una ejemplar madre y ama de casa que evita, avergonzada por su pasado, aparecer en los medios de comunicación. ¿No ha valido la pena?. Yo siempre me he considerado una mujer adelantada a mi tiempo, y sé que el tiempo me dará la razón. La Iglesia tiene que encontrar un modo de regular estas situaciones, para que una persona -sea hombre o mujer- pueda abrir el camino de su propia redención, liberándose de inútiles que le obstaculizan el camino para llevar una vida cristiana. El divorcio, en sí, es insostenible moralmente. En eso estoy de acuerdo con vosotras. Pero hay excepciones que conviene estudiar. Mirad el resultado y reflexionad. Todo, claro, con una precisa regulación, porque no todas las que quieren divorciarse lo hacen con los buenos propósitos personales y familiares que Norma Duval. Pero el debate está abierto.
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